La Hora de la Derecha
1. La película larga: la nueva cuestión social, el delirio octubrista y la restauración del orden.
La “primera cuestión social” (desde 1891) fue la toma de conciencia sobre las indignas condiciones de vida del mundo obrero y dio origen a movimientos anárquicos y partidos de izquierda que denunciaban la ineficacia de los partidos tradicionales. La apuesta institucional de entonces fue Pedro Montt en 1906 y su promesa de “regeneración”, que no logró hacerse cargo del problema: los “años decisivos” (Gonzalo Vial) estallaron en la matanza de la Escuela Santa María de Iquique y en una crisis que desemboca en 1925.
Como advierte Gonzalo Arenas, la “segunda cuestión social” (desde 2014) nace del estancamiento económico —agravado por las reformas de Bachelet II— y de la inmigración descontrolada que golpean a los sectores medios emergentes, frustrando las expectativas de un país que creía haber dejado atrás la pobreza. Ese pasto seco ayuda a explicar la conexión con el estallido de 2019. En estos nuevos “años decisivos”, Kast, como Montt, con su idea de “gobierno de emergencia” recibe quizás la última oportunidad de encauzar esta nueva cuestión social antes de que la ciudadanía busque salidas por fuera del sistema. Parisi, que viene creciendo desde 2013 hasta el contundente 19,7% del domingo, ya expresa esa pulsión antipolítica, que podría cuajar en un reventón social avivado por el PDG el 2030 si el gobierno fracasa en dar respuestas.
El resultado del domingo parece cerrar el ciclo abierto por el estallido y su anhelo refundacional. Si la elección de Boric en 2021 se entiende en buena medida como la estela del 18-O y su demanda de cambios estructurales, la muy probable elección de Kast en 2025 se explica, también en gran parte, por la frustración de esa promesa, que derivó en una intensa demanda de restauración del orden para, sobre esa base, mejorar las condiciones materiales de vida. A la revolución de 2019 —violencia política, ruptura del orden, instrumentalización de protestas legítimas— se le responde hoy con una contrarrevolución de sello portaliano-guzmaniano, donde Kast recupera un principio clásico de la derecha chilena: sin orden no hay libertad; sin orden no hay progreso.
2. La película corta: cómo Boric desfondó a su sector y cómo Kast debe pasar de ganarle a la izquierda a unir a la derecha y ofrecer gobernabilidad.
Con la elección del domingo, el Presidente Boric corona una serie de derrotas programáticas y electorales. La peregrina tesis de Giorgio Jackson —no gobernar hasta tener una nueva Constitución— y la aplastante derrota del plebiscito del 4 de septiembre de 2022 hicieron que su gobierno pasara de la utopía refundacional a la mera administración. La agenda tradicional de la izquierda fue defraudada por un gobierno que militarizó el “Wallmapu”, gobernó con estados de excepción y consolidó el modelo de capitalización individual. A 2022 se suman las derrotas de 2023, 2024 y 2025: sin tercio en el Consejo Constitucional y con los peores resultados históricos de la izquierda en municipales y en la presidencial. Boric sobrevive políticamente; su sector, reducido a la mínima expresión.
La derrota del 4 de septiembre significó algo más que rechazar un texto constitucional: se convirtió en el nuevo clivaje de la política chilena. Hoy la realidad electoral se entiende más por el Apruebo y el Rechazo que por el Sí y el No de 1988, que ordenó 35 años de política.
Kast, tras ganar la primera vuelta, ha articulado una coalición electoral amplia, incluso con guiños de Demócratas, que reúne a las fuerzas del Rechazo. Todo indica que, salvo un vuelco extraordinario, ganará la segunda vuelta con holgura, beneficiado además por su condición de opositor, hoy un plus para cualquier candidatura.
Esa alianza debería traducirse en una coalición de gobierno igualmente amplia, capaz de darle al eventual “gobierno de emergencia” el sustento parlamentario necesario para impulsar el “cambio radical” prometido y enfrentar a cierta izquierda que no le reconoce legitimidad y ya insinúa su regreso a las calles. Kast está bien situado para ello en el centro de la oposición: viene de Chile Vamos y fue aliado parlamentario de Nacional-Libertarios y Socialcristianos.
La mayoría parlamentaria elegida por la oposición el domingo es relativa y frágil: deberá ratificarse en el tiempo y se pondrá a prueba en cada proyecto relevante, en medio de la fragmentación y la indisciplina legislativa.
El desafío de Kast no es solo ganar La Moneda, sino dejar de ser jefe de un partido para convertirse en conductor de la oposición: unir a la derecha, asegurar una sucesión afín y encadenar gobiernos que respondan a la demanda de orden y a la nueva cuestión social. Solo así será posible revertir el legado de Bachelet II y del estallido, devolviéndole a Chile la esperanza y un camino de progreso.
Columna publicada por El Mercurio de Valparaíso.