Ante una izquierda clasista, una derecha popular
José Antonio Kast no sólo está llamado a dar una respuesta institucional a la nueva cuestión social chilena -y con ello resguardar nuestra democracia de la demagogia- sino que tiene la oportunidad de unir a la derecha en torno al gobierno y dotarla de un sello popular que perdure en el tiempo. Si gana la elección, ello no será la constatación de que un proyecto así ya exista: será la oportunidad inmejorable de comenzar a construirlo.
No es sorpresivo que una candidata comunista use el “odio de clase” como motor de campaña. Al ya habitual “fachopobreo”, que busca ridiculizar a los sectores modestos que votaron derecha o PDG, se han intensificado los mensajes orientados a contrastar el origen social de los candidatos y, como lo hizo Boric en su segunda vuelta, varios voceros de la candidata han optado por referirse a su contendor como “José Kast”, insinuando que los nombres compuestos tendrían un componente “de clase”.
Por otro lado, las declaraciones de Darío Quiroga -al criticar a Zandra Parisi porque el nombre que le pusieron sus padres sería “flaite”-, además de obligar su destitución, proyectar desorden y provocar un nocivo descabezamiento en una campaña corta, muestran que, junto con odioso, este discurso es incoherente.
Este clasismo de izquierda -tanto el que pretende ser usado como arma electoral como el que ejemplifica Quiroga- tiene de telón de fondo una crisis global en la relación del progresismo con los sectores populares. En este contexto, la izquierda chilena desplazó su centro de gravedad desde los problemas materiales hacia una agenda identitaria, que funciona como señal de virtud para minorías activas, pero no como respuesta para las mayorías sociales.
Este giro no solo la alejó de los sectores populares -que antes eran su base natural-, sino que la volvió moralizante: si el pueblo no acompaña es porque “no entiende” o porque “va muy lento”. Como dijo Boric luego del triunfo del Rechazo: “no puedes ir más rápido que tu gente”, expresando que el problema es de ritmo y no de dirección.
Mirando los resultados del domingo pasado, esto puede explicar, en parte, que en tradicionales bastiones populares de la izquierda, como el Norte Grande o Concepción, hoy veamos triunfos arrolladores de Parisi o Kast. Allí donde se sufre con especial intensidad lo que se ha denominado la nueva cuestión social chilena -derivada del estancamiento económico, la inmigración descontrolada y la inseguridad-, la “Nueva Derecha” y el PDG representaron de mejor modo a ese ciudadano común y corriente que la izquierda reclamaba tradicionalmente como objeto de su acción política.
Este cambio representa para la derecha -y para un eventual gobierno de Kast- un gran desafío.
Lamentablemente, en importantes sectores de la llamada derecha tradicional ha primado históricamente una aproximación apolítica y elitista hacia los segmentos populares. La manera de acercarse a esos mundos suele ser utilitaria: o turismo electoral -ir cada cuatro años a pedir el voto-, o turismo social -para tranquilizar conciencias cristianas-. Luego de ese “trabajo territorial”, cada cual vuelve a su propio ambiente, en otros sectores de la ciudad, donde están verdaderamente a gusto. En lo electoral, las redes sociales han agravado este fenómeno, pues un video corto viral, grabado en un sector popular, suele ser más eficiente que el largo trabajo de compenetración genuina.
La clave en la construcción de un proyecto de derecha popular está en resistir esa aproximación utilitaria y compartir con quienes sufren las viejas y nuevas formas de pobreza, para conocerlos y, desde ahí, impulsar a esas personas a trabajar por la solución de sus propios problemas, ser parte de un tejido social de colaboración recíproca anterior al Estado, y constatar que el socialismo, ayer y hoy, es una forma de redistribución de miseria; mientras que la economía de mercado, con un Estado subsidiario, es una cancha que no los abandona, valora su mérito y les permite progresar.
Un eventual gobierno de Kast, para contribuir a esto, debe cumplir su promesa de “gobierno de emergencia” y centrar su agenda en los aspectos que apremian a los sectores más modestos de la población: seguridad, trabajo, inmigración y listas de espera e insinuarla bien en el anunciado plan de los primeros 90 días. Debe mostrar resultados en esos frentes para, entre otras cosas, contrarrestar el creciente sentimiento antipolítica capitalizado por Parisi: si lo institucional no da respuestas, habrá que buscar en otro lado.
A su vez, necesita dotarse de autoridades diversas, con ojos y experiencia para comprender esta realidad -muchas veces invisible en Santiago-, y hacer esfuerzos para romper la inercia de concentrarse en las mismas comunas y universidades de siempre. Por otro lado, debe dar señales claras de austeridad y eficiencia estatal, que conecten con quienes hoy ven en la política un antro de corrupción y conversaciones ajenas.
Una inspiración de este tipo debiera ser compartida por vastos sectores de la coalición electoral que está detrás de Kast, así como por los ecosistemas que la rodean. En este sentido, podría ser un buen pegamento identitario que ayude a la gobernabilidad.
De esta manera, José Antonio Kast no sólo está llamado a dar una respuesta institucional a la nueva cuestión social chilena -y con ello resguardar nuestra democracia de la demagogia- sino que tiene la oportunidad de unir a la derecha en torno al gobierno y dotarla de un sello popular que perdure en el tiempo. Si gana la elección, ello no será la constatación de que un proyecto así ya exista: será la oportunidad inmejorable de comenzar a construirlo.
Columna publicada en Ex Ante