Por qué el diseño comunicacional del Segundo Piso no funciona

Por qué el diseño comunicacional del Segundo Piso no funciona

Las medidas para amortiguar el alza de las bencinas no solo trajeron las primeras críticas a la gestión del Gobierno, sino que también generaron su primer gran retroceso en las encuestas. De acuerdo con Cadem y Panel Ciudadano, su aprobación cayó a 42%, lo que implicó una baja de 15 puntos respecto a su inicio.

Los más optimistas se dividen en dos grupos. Están, por un lado, quienes piensan que “pudo ser peor” y que, en realidad, contar con el apoyo de 4 de cada 10 chilenos está dentro de lo razonable. Por otro lado, están quienes, reconociendo la magnitud del golpe, ven aquí un shock transitorio. Si existe el MEPCO, algunos parecen asumir que también habría algo así como un “MECPO”, un Mecanismo de Estabilización del Capital Político que operaría de manera automática una vez que el precio de la bencina disminuya.

Pero la política no funciona así. Y lo cierto es que el Gobierno hoy enfrenta un escenario distinto, con un piso de apoyo más bajo y un techo más acotado. Negar ese hecho es, en el mejor de los casos, ingenuo.

En ese contexto, aparece como un problema más profundo la forma en que el Gobierno ha organizado sus comunicaciones. A pocos días de iniciado el mandato, la SECOM hizo circular una minuta que ordenaba centralizar las declaraciones y entrevistas, las que debían contar con su visto bueno.

No es difícil advertir que el esquema guarda cierto paralelismo con los “círculos concéntricos” del Gobierno anterior: un núcleo reducido en el segundo piso que define el relato y un resto del gabinete con escaso margen para desplegarse.

El problema de este diseño no es solo que limita el protagonismo de ministros que demostraron ser altamente competentes durante la campaña —como el caso de Martín Arrau—, sino que también facilita la tarea de la oposición. Al concentrar la vocería, se concentrantambién los riesgos.

Por eso no es extraño que la oposición haya olido sangre y fijado suatención en la vocera Mara Sedini, mientras el resto del gabinete queda en segundo plano. Las críticas tienden a sobredimensionarse, pues el propio diseño concentra en ella una exposición que ningún ministro podría sostener sin que aparezcan fisuras.

Corregir esto requiere, primero, soltar el control. Es necesario dar mayor protagonismo a los ministros sectoriales y permitirles despegar. El caso del ministro Iván Poduje es ilustrativo. Las predicciones lo asociaban a una vocería tosca que podría afectar su gestión; sin embargo, se ha posicionado como uno de los mejor evaluados. Parte de esa conexión radica en un estilo de comunicación directo con la ciudadanía.

Poduje muestra en sus redes su recorrido por proyectos urbanos financiados con recursos públicos que presentan serios problemas de ejecución. En algunos casos, se trata de obras abandonadas. Ese estilo, que recuerda al de Federico Sánchez en City Tour, le permite abordar la ciudad y la política urbana desde lo concreto, con un lenguaje accesible y sin mediaciones innecesarias. Es evidente que esa fortaleza no obedece a su disciplina comunicacional frente a la SECOM, sino a su capacidad de salirse del libreto.

En segundo lugar, el Gobierno necesita desconcentrar territorialmente su agenda. Si bien el copamiento inicial de la discusión pública fue exitoso, estuvo fuertemente centrado en lo nacional. Hoy basta un breve repaso por la prensa local para advertir que en las regiones la conversación pública ha quedado reducida a los problemas en el nombramiento de seremis.

Ese vacío no es menor, especialmente si se considera que la fortaleza de la candidatura de Kast se expresó con mayor intensidad fuera de la capital. Por lo mismo, es necesario que se vuelva a hablar de proyectos y prioridades regionales. De lo contrario, el Gobierno corre el riesgo de perder también ese terreno.

Gobernar no solo implica tomar decisiones difíciles, sino también dotarlas de legitimidad y proyectarlas en el tiempo. Ningún gurú del segundo piso podrá brindarle conducción al gobierno cuando esté realmente en juego su programa. Esa tarea recae en liderazgos políticos capaces de asumir costos y ordenar el rumbo. Y de esos, el Gobierno tiene de sobra.


Columna publicada en Ex-Ante