Europa en la encrucijada geopolítica actual

Europa en la encrucijada geopolítica actual

En medio de la persistente inestabilidad en torno a Irán, Europa vuelve a situarse en el centro de un tablero internacional cada vez más volátil. En las décadas pos Guerra Fría, el orden global descansó en una arquitectura relativamente estable, sostenida en gran medida por el liderazgo de Estados Unidos. Sin embargo, ese pilar muestra hoy fisuras evidentes. Lo que hoy se observa es algo más profundo que simples desacuerdos tácticos: hay un evidente menosprecio hacia los socios europeos de una coalición geopolítica, la OTAN, que durante décadas se sostuvo no solo en intereses compartidos, sino también en la noción de una auténtica ‘comunidad de valores’ (democráticos). Así se entendieron las relaciones transatlánticas a lo largo de la segunda mitad del siglo XX: como un entramado de confianza, coordinación y principios comunes. Sin embargo, bajo la administración de Donald Trump, todo ello parece relegado a una época pretérita.

La siguiente escena resulta elocuente en su contradicción y desdoblamiento discursivo. Primero, la reducción o incluso el abandono del apoyo a Ucrania en medio de una invasión que compromete no solo la soberanía de ese país, sino también la estabilidad de un entorno geopolítico de importancia crítica, como también ocurrió ante la península de Crimea. Mientras, la anexión de Groenlandia emerge en las relaciones con Europa. A ello se suman los reiterados cuestionamientos a la presencia en la OTAN, pillar fundamental de una alianza atlántica que en tiempos recientes adquirió nuevos enemigos. Sin pero, en un nuevo giro, la administración Trump exige respaldo europeo frente a Irán luego de haber deteriorado la relación con sus aliados. Es decir, se maltrata primero a los aliados tradicionales y luego se mendiga apoyo cuando conviene a intereses inmediatos.

Esta cacofonía política, que alterna entre descalificación, el menosprecio y la demanda, revela una forma de actuar más cercana a la diletaencia y la prepotencia que a una estrategia coherente. El resultado no es sólo desconcierto entre aliados históricos, sino también la apertura de un espacio de incertidumbre global, donde las reglas parecen volverse cada vez más difusas y la arbitrariedad cada vez más extendida.

En ese vacío relativo, Europa se ve obligada a redefinir su papel. Ya no puede limitarse a reaccionar ni a confiar en garantías externas que hoy se desvanecen. Y en ese proceso, Alemania, Francia y Gran Bretaña emergen como actores claves. Frente a un Estados Unidos impredecible, estos países enfrentan una disyuntiva ineludible: liderar sin importar que ello merece legitimidad. Su desafío no es únicamente militar o económico, sino también político. Deben articular consensos dentro de una Unión Europea diversa y responder presentes amenazas como Rusia y los Estados Unidos mismos.

Si Estados Unidos retoma un camino certero, Europa tiene la oportunidad, quizás la obligación, de establecer un pacto sólido. No como reemplazo del liderazgo estadounidense, sino como garantía de un propio desarrollo regional. Conjugados en ámbito de seguridad, los europeos deben responder por sí mismos no solo ante Trump, sino ante las preguntas que la sociedad demanda. Pero como en todo concierto internacional, el desafío mayor, se si quiere, es lograr coordinarlo y hablar con una voz.


Columna publicada en El Mercurio de Valparaíso