El tren que siempre vuelve
Hace algunas semanas, el delegado presidencial regional, Manuel Millones, dio a conocer el interés de un consorcio chileno-español en desarrollar un tren rápido entre Valparaíso y Santiago. El anuncio reactivó una discusión que parecía haber quedado atrás tras el desistimiento del proyecto ferroviario impulsado por la administración Boric, que con un tiempo de viaje cercano a una hora y media tenía poco de rápido. No deja de ser paradójico que este nuevo impulso llegue justamente al cumplirse ocho años del plan de inversiones regional anunciado en 2018 por el entonces presidente Sebastián Piñera, que contemplaba precisamente una conexión ferroviaria rápida entre ambas ciudades. Ocho años después, volvemos prácticamente al punto de partida.
El contexto, eso sí, cambió. Si antes el tren rápido era una oportunidad atractiva, hoy es una necesidad estratégica. No sólo porque reduciría los tiempos de viaje, sino porque pocas inversiones tienen la capacidad de condicionar tantas otras decisiones durante décadas. Cuando una infraestructura de esta magnitud se concreta, cambia mucho más que la forma de viajar. También condiciona las decisiones de inversión y la manera en que crecen las ciudades. Por eso, la expansión de los puertos, la evolución del mercado laboral e incluso la planificación territorial de largo plazo dependerán, en alguna medida, de si esta conexión llega o no a concretarse.
La región está a punto de dar un salto portuario sin precedentes. A mediados de la próxima década, San Antonio podría triplicar su capacidad de transferencia de carga; Valparaíso más que duplicarla. Esa expansión exige una infraestructura acorde. Sin una conexión ferroviaria moderna hacia el principal centro de consumo y distribución del país, buena parte de ese potencial se diluye en congestión vehicular y costos logísticos crecientes. Sería un error evaluar este proyecto sólo por su rentabilidad directa: el tren rápido es una condición para que la región pueda aprovechar lo que viene.
En su dimensión de transporte de pasajeros, el impacto sería igualmente significativo. Hoy, Valparaíso registra la tasa de desempleo más alta del país y necesita ampliar el mercado laboral al que pueden acceder quienes viven en la región. Las propuestas evaluadas para este corredor hablan de trayectos de alrededor de 45 minutos entre Valparaíso y Santiago, frente a la hora y media —o más— que toma hoy el viaje en automóvil, una diferencia que cambiaría por completo las posibilidades de quienes buscan trabajo fuera de la región. A esa velocidad, miles de personas podrían acceder a empleos en Santiago sin abandonar la región, haciendo viable un esquema de conmutación laboral que hoy prácticamente no existe.
Pero los beneficios no se agotan ahí. Una conexión de estas características convertiría a la región en un destino mucho más accesible para quienes viven en Santiago. Los viajes por el día, las escapadas de fin de semana o la asistencia a actividades culturales pasarían a ser alternativas reales para millones de personas, generando mejores condiciones para revitalizar los centros urbanos de Valparaíso y Viña del Mar y ampliando la demanda por bienes y servicios locales.
Ese es precisamente el valor estratégico de una infraestructura como esta. Las grandes obras de conectividad cambian la forma en que un territorio funciona. Alteran los flujos de personas, de inversión y de actividad económica. Con el tiempo, esos cambios terminan influyendo en la manera en que crecen las ciudades y en las decisiones que condicionan su desarrollo. Por eso, mientras no sepamos si contaremos o no con una infraestructura de esta magnitud, seguiremos tomando decisiones urbanas y territoriales sin conocer una de las variables que más podría transformarlas.
Que hoy valoremos positivamente el impulso que ha vuelto a tomar el tren rápido podría interpretarse simplemente como una crítica al proyecto ferroviario impulsado por la administración anterior. Sin embargo, basta mirar un poco más atrás para comprobar que esta ha sido una convicción sostenida en el tiempo. En 2019, desde Fundación P!ensa instalamos un letrero en la Ruta 68, a la altura de Lo Vásquez, que informaba a los conductores que, de existir un tren rápido, restarían apenas veinte minutos para llegar a Santiago. Bajo el lema “Justicia para las Regiones”, la campaña buscaba hacer visible una oportunidad que la región llevaba demasiado tiempo postergando.
Siete años después, esa oportunidad sigue ahí. La diferencia es que hoy conocemos mucho mejor el costo de seguir postergándola.
Columna publicada en El Mercurio Valparaíso