Ascensores: entre la memoria y el abandono
Los ascensores de Valparaíso no son simples curiosidades turísticas ni reliquias de una ciudad nostálgica. Son parte viva de su patrimonio, de su identidad urbana y, para muchos, un medio de transporte tan cotidiano como imprescindible. Para quien no vive en el plan, subir por los cerros no es una opción: es una necesidad. Desde su declaración como Sitio de Patrimonio Mundial en 2003, el Estado chileno se comprometió a preservar este sistema único de transporte vertical, que rompe con su diseño el escollo que impone la geografia porteña. Sin embargo, dos décadas después, gran parte de esos compromisos siguen pendientes.
Su valor patrimonial es inmenso. Son máquinas centenarias que reflejan el desarrollo tecnológico del siglo XIX y XX. Algunos, como Artillería, El Peral o
Barón, forman parte de la postal e identidad visual de Valparaíso.
Declarados Monumento Nacional, no sólo integran el paisaje urbano, sino también la memoria colectiva. Además, permiten a los turistas adentrarse en la ciudad vertical. Pero más allá del símbolo, están quienes los necesitan para conectar su vida diaria con el plan. Cada ascensor que deja de funcionar no es sólo una pérdida patrimonial.
Lamentablemente, el estado de muchos es ruinoso. Hoy, de los 19, sólo 7 están operativos. El ascensor Villaseca, por ejemplo, está detenido desde
2006. Su restauración, iniciada en 2017, llegó al 80% de avance, pero se paralizó por problemas con la empresa ejecutora. Artillería dejó de operar en 2021 por una falla estructural. Otros, como Mariposas, Monjas o Florida, también están abandonados, mientras sus estructuras se deterioran ante la
impotencia ciudadana.
Frente a esto, hay esfuerzos en curso. Se ha gestionado la restauración de varios ascensores, como Artillería, con una inversión superior a los $7.000 millones. Hace pocos días se conoció la buena noticia del convenio entre el MOP y Asmar para que esta última lo restaure, tal como ocurrió antes con el ascensor Barón. Posteriormente se licitarían Monjas y Villaseca. Asimismo, se adjudicó el diseño de restauración del ascensor Lecheros.
Pero muchas licitaciones han fracasado: se declaran desiertas por presupuestos insuficientes, bases mal diseñadas o empresas que abandonan los trabajos. Restaurar estas piezas centenarias requiere conocimientos técnicos específicos, materiales escasos y una institucionalidad que garantice continuidad. Se necesita, además, una gobernanza clara entre municipio (dueño de 6), MOP-Gore (dueño de 9) y
Consejo de Monumentos Nacionales. Valparaíso no puede seguir esperando. Sus cerros, su vida y su fascinación laten en torno a los ascensores. Recuperarlos no es sólo infraestructura: es un acto de justicia con vecinos, visitantes y con la historia de la ciudad.
Columna publicada en El Mercurio de Valparaíso