Entre Frei y la motosierra: el gobierno que propone Kast
Kast, como Meloni, debe tener el talento político para unir a la derecha y parte del centro en una coalición amplia. Y eso se construye no solo hacia el centro, sino también hacia la derecha, con programas y símbolos de pertenencia, que además son un pegamento unitario de bajo costo.
A una semana de la elección, cuando todavía no hay decretos que firmar ni cifras que mostrar, cobran especial relevancia los símbolos: las fotos, los gestos y el tono envían señales que permiten intuir el estilo de presidencia que se quiere ejercer y el tipo de gobierno que se busca formar.
En estos primeros días, el presidente electo está derribando, una a una, las caricaturas que se instalaron de él durante años de campaña: el rígido, incapaz de convivir con matices; el de trinchera, que ganaría para gobernar con los suyos; el ultraderechista, que le haría la guerra a la prensa; el nazi que saldría a cazar opositores; el cuico que entiende la acción política como forma de privilegio.
Sobre el estilo de presidencia que se quiere ejercer, las señales apuntan a una con foco territorial, menos encerrada en los pasillos del poder. Haber recorrido varias veces Chile, conocer en campaña -salvo Juan Fernández- todas las comunas del país, y la visita, esta semana, a San Miguel permiten intuir que Kast está dibujando una presidencia con mucha experiencia de calle y contacto directo con las personas. A diferencia de sus antecesores, la mejor versión de Kast no se encuentra ni en el manejo de detalles técnicos ni en la retórica para las grandes masas: el mejor Kast se ve en el contacto uno a uno y en el conocimiento vivido de los problemas y angustias que sufren hoy los chilenos.
Irse a vivir a La Moneda no es contradictorio con aquello y tiene un significado claro: austeridad y eficiencia. No como moralina, sino como un estilo de mando que debe ir acompañado de gestos equivalentes por parte de sus colaboradores para retomar una sobriedad republicana que contraste, por ejemplo, con Boric y sus costosos viajes a Magallanes para votar. En un país que mira con sospecha permanente a la política por su distancia con la vida real, es una forma de decir que el poder puede ser menos performático y más funcional. Si bien no son estos gestos los que pondrán en equilibrio las cuentas fiscales, sí marcan un rumbo y transmiten la disciplina que se espera del resto del aparato estatal.
Su discurso de triunfo mostró, más allá del desorden y de una extensión que dificultó concentrarse en lo relevante, una rápida comprensión del peso de la responsabilidad histórica y de que, en ese momento, dejaba de ser líder de un partido para pasar a ser el presidente electo de todos los chilenos. Hubo un tono convocante, una alusión permanente a la unidad, respeto a la oposición, valoración de la prensa y un apego irrestricto al Estado de Derecho. Ni miedo para el opositor, ni pasión para el adherente.
Esto se condice con la resolución que ha mostrado Kast, tanto en campaña como en esta primera semana, para formar un gobierno lo más amplio posible -que vaya desde los Nacional Libertarios hasta Demócratas-, y que tenga la capacidad de articular un bloque de gobernabilidad en el Congreso con votos del PDG, la DC o incluso del Socialismo Democrático, acaso la única manera de aprobar e implementar las políticas de su gobierno de emergencia para hacerse cargo del estancamiento económico, la inseguridad, el desorden migratorio y urgencias sociales como reducir las listas de espera.
El mismo discurso -que, por ejemplo, no menciona a Republicanos, pero sí a la “Nueva Falange”-, la deferencia con Bachelet, la reunión con Frei, los gestos a Kaiser y el sentar a la mesa, con igualdad de trato y ánimo de gobernar juntos, a todas las fuerzas políticas que estuvieron detrás del Rechazo, son expresión de que Kast no se está guardando nada en su decisión de formar un gobierno tan amplio como la realidad y su talento lo permita.
Hay quienes ven en la visita al presidente Milei, y especialmente en la foto conjunta con la motosierra, una señal contradictoria con el ánimo de formar un gobierno amplio, pues sería polarizante y un guiño identitario excesivo.
Más allá de que una buena relación entre Kast y Milei sea, en sí misma, una buena noticia para ambos países -por los desafíos compartidos que enfrentamos-, y de que el símbolo de la motosierra sea consistente con la promesa de campaña de eficiencia estatal, la crítica comete un error de base: creer que la unidad se construye solo moviéndose hacia el centro, como si la derecha -especialmente la que se define como libertaria y que en Chile obtuvo un buen resultado presidencial y parlamentario- fuera un equipaje incómodo que hay que esconder en la bodega.
Kast, como Meloni, debe tener el talento político para unir a la derecha y parte del centro en una coalición amplia. Y eso se construye no solo hacia el centro, sino también hacia la derecha, con programas y símbolos de pertenencia, que además son un pegamento unitario de bajo costo.
A los moderados -que muchas veces son los más sectarios- hay que advertirles que amplitud no significa renuncia: significa conducción; y que unidad no es gobernar con los propios, sino ir más allá. A su vez, a los más exaltados hay que recordarles, a riesgo de caer en el cliché, que la política es el arte de lo posible, que la realidad es invencible y que siempre es mejor dar un paso en la dirección correcta, por insuficiente que sea.
Kast está dibujando una presidencia en la calle y un gobierno amplio con fotos entre Frei y la motosierra. La pregunta no es si a todos les gusta esa foto. La pregunta es si Chile, con su fragmentación actual, puede darse el lujo de desperdiciarla.
Columna publicada en Ex Ante