Johannes Kaiser y el costo de quedarse fuera

Johannes Kaiser y el costo de quedarse fuera

La prudencia de no asumir un ministerio para cuidar su proyección presidencial es razonable, pero tiene una contracara: la dificultad de consolidar liderazgo fuera del Congreso y fuera de La Moneda. Y así como un ministro puede ser un fusible, un ministerio bien ejercido -especialmente en áreas como Defensa o Seguridad- en un gobierno de emergencia puede convertirse en una catapulta. Es una apuesta de alto riesgo, pero se conocen pocos presidentes aversos al riesgo.


 

Durante años de campaña se repitió una caricatura: José Antonio Kast sería un presidente de trinchera y su eventual gobierno sería tan estrecho como su tribu. Esa imagen empezó a caerse en segunda vuelta, cuando alineó tras de sí a todas las fuerzas del Rechazo, y terminó de derrumbarse tras su triunfo, cuando convocó a un gobierno de unidad nacional e insinuó su voluntad de formar una coalición lo más amplia posible: desde Nacional Libertarios -pasando por Socialcristianos, Republicanos, la UDI y RN- hasta Evópoli y Demócratas.

Ese objetivo es extremadamente difícil por múltiples razones: diferencias ideológicas entre las puntas; refriegas electorales recientes; viejas y nuevas culturas políticas muy distintas; e incentivos disímiles de cara a las próximas elecciones. Por eso, que Kast los tenga sentados en una misma mesa y que todos hayan expresado disposición a colaborar con el próximo gobierno ya constituye un logro político relevante y un buen punto de partida para la gobernabilidad de la próxima administración.

Ahora bien, una cosa es la propuesta de Kast y otra la respuesta de los partidos; y una cosa es el ánimo de colaborar y otra su traducción institucional. Es en el terreno que dibujan esas preguntas donde se está jugando la forma del próximo gobierno: no es lo mismo que un militante sea ministro a que su partido sea gobiernista; no es lo mismo formar una coalición con institucionalidad que un apoyo inorgánico o una colaboración crítica desde fuera.

Las señales de Socialcristianos, Chile Vamos y Demócratas han sido claras en orden a que formarán parte, institucionalmente, del próximo gobierno. De hecho, su nivel de influencia ha sido de tal magnitud que podría criticarse al presidente electo por exceso: el aparente bajo peso relativo de Republicanos podría ser inconsistente con la voluntad expresada por el electorado.

Nacional Libertarios, por su parte, enfrenta un dilema: optar por el camino propio o incorporarse al gobierno y, en ese caso, si hacerlo con Johannes Kaiser como ministro.

El camino propio, desde una perspectiva pragmática, facilita la diferenciación, asegura la base, sube el precio de sus votos en el Congreso y evita los costos de transar decisiones dentro del Ejecutivo. Desde una aproximación idealista, la presión desde fuera sería una vía más eficaz para evitar que el gobierno se corra al centro, lo que redundaría en mejores decisiones públicas.

La incorporación al gobierno, en cambio, desde un ángulo pragmático, entrega una estructura funcional para el crecimiento del partido, la formación de cuadros y la proyección de liderazgos. Y, desde una perspectiva idealista, resulta difícil de justificar -y poco “nacional”- restarse de un gobierno de emergencia que comparte diagnóstico y propuestas con el PNL, y que tiene la oportunidad de empezar a sacar a Chile del estancamiento y la decadencia, más aún cuando se les ha invitado formalmente a jugar un rol relevante. Chile necesita gobernabilidad, y esta requiere algo más que identidad: exige patriotismo y responsabilidad compartida.

Una cuestión distinta, y secundaria respecto de la anterior, es si el principal líder del PNL, Johannes Kaiser, asume como ministro.

Si bien, recién ocurrida la segunda vuelta, entregó señales de que se incorporaría al gabinete, con el correr de los días estas se han ido diluyendo. Desde su entorno han transmitido que sería una apuesta de alto riesgo: dada la alta rotativa ministerial, podría, en cualquier momento, convertirse en un “fusible” y, con ello, poner en riesgo una futura candidatura presidencial. Desde Republicanos, en tanto, se ha señalado que, aunque pueden existir excepciones, su nombramiento iría contra el criterio general de evitar ministros que sean parientes de parlamentarios.

La prudencia de no asumir un ministerio para cuidar su proyección presidencial es razonable, pero tiene una contracara: la dificultad de consolidar liderazgo fuera del Congreso y fuera de La Moneda. Más allá de que Kast lo haya logrado, la historia chilena sugiere que se trata de una excepción. Y así como un ministro puede ser un fusible, un ministerio bien ejercido -especialmente en áreas como Defensa o Seguridad- en un gobierno de emergencia puede convertirse en una catapulta. Es una apuesta de alto riesgo, pero se conocen pocos presidentes aversos al riesgo.

Por otro lado, dado el peso específico que su resultado presidencial y parlamentario le otorga, y lo positivo que su incorporación al gabinete sería para la gobernabilidad de la futura administración, resultaría absurdo que su parentesco con una senadora electa representara un obstáculo.

Con todo, más allá de los nombres propios que se incorporen al gabinete, lo decisivo es que los partidos que acompañaron a Kast en segunda vuelta se sumen, de la manera más institucional posible, al próximo gobierno. Se trata de evitar patear un problema que luego reventará: fijar reglas, mínimos y mecanismos de coordinación que permitan formar una coalición que represente a las fuerzas del Rechazo, entregue gobernabilidad y pueda proyectarse en el tiempo, en gobiernos sucesivos, para sacar al país de la decadencia.


Columna publicada en Ex Ante