La oposición ante el riesgo de la irrelevancia
Las declaraciones del ministro del Interior, Claudio Alvarado, sobre la ausencia de un liderazgo ordenador en la oposición provocaron una reacción previsible. Cuando un ministro opina sobre la conducción de sus adversarios, siempre existirá la sospecha de que intenta influir en sus debates internos. Pero esa sospecha no responde la pregunta de fondo, y el calendario político de los próximos meses invita, más bien, a preguntarse si la ausencia de una conducción política más definida comenzará a pesar en una oposición que enfrentará un escenario muy distinto al que dejó la discusión del Plan de Reconstrucción Nacional.
Dos elementos hacen pertinente esa reflexión.
El primero tiene que ver con los propios movimientos que empiezan a producirse al interior de la oposición. En el Partido Socialista, la tramitación del Plan de Reconstrucción Nacional dejó al descubierto las tensiones entre la directiva encabezada por Paulina Vodanovic y la dupla Cicardini-Manoucheri. La magnitud del conflicto reabrió la discusión sobre los liderazgos al interior de la colectividad y poniendo nuevamente de relieve la capacidad de articulación de Álvaro Elizalde, pese a no ejercer un liderazgo formal. Por su parte, el Frente Amplio elegirá en los próximos días a su nueva directiva, una elección que inevitablemente marcará el tono de su despliegue político para el resto del período.
Pero el verdadero cambio no está únicamente en las personas, sino en la naturaleza de la agenda política que se aproxima.
Hasta ahora, la oposición ha contado con una ventaja comunicacional que pocas veces se menciona. La discusión de la megarreforma permitió simplificar el debate en torno a un antagonismo fácilmente reconocible entre la reducción de impuestos a las grandes empresas versus el resto de la ciudadanía. El Gobierno, en cambio, debía explicar una cadena causal mucho más extensa: menor carga tributaria, mayor inversión, más empleo, crecimiento económico y, finalmente, mejores condiciones para financiar políticas públicas. Era un argumento que exigía varios pasos para resultar convincente.
Esa asimetría facilitó la coordinación opositora. Bastaba instalar un mensaje simple en torno al primer eslabón de esa cadena para impedir que la discusión avanzara hacia los efectos económicos que el Gobierno buscaba destacar.
Ese escenario, sin embargo, parece estar llegando a su fin.
Los proyectos que probablemente dominarán la discusión durante los próximos meses, como la reforma al Sistema de Admisión Escolar y el Registro Único de Vándalos, presentan una lógica muy distinta. En ambos casos, las intuiciones de buena parte de la ciudadanía juegan, al menos en principio, a favor del Gobierno.
En el caso del Registro Único de Vándalos, una parte importante de la ciudadanía percibe que las sanciones frente a determinadas incivilidades o delitos no guardan proporción con el daño que provocan ni cumplen un efecto disuasivo. La oposición se verá tentada a rechazar la iniciativa advirtiendo que podría traducirse en una forma de “criminalización de la pobreza”. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con el Plan de Reconstrucción Nacional, la crítica exige una explicación más elaborada para ser persuasiva y, además, debe dialogar con una realidad incómoda: son precisamente los barrios más vulnerables los que suelen sufrir con mayor intensidad el deterioro del espacio público, el vandalismo y la sensación de abandono.
Algo parecido ocurre con la reforma al Sistema de Admisión Escolar. La discusión ya no gira únicamente en torno a principios abstractos de igualdad o no discriminación. También está atravesada por una realidad visible para muchas familias, como el deterioro de los liceos emblemáticos y la percepción de que la educación pública perdió uno de sus principales mecanismos de movilidad social. En ese contexto, quienes defiendan el sistema vigente ya no podrán descansar en una consigna, sino que deberán construir una explicación más elaborada que logre convencer a la ciudadanía de que mantener el sistema vigente sigue siendo la mejor alternativa.
Es precisamente allí donde la discusión sobre los liderazgos adquiere sentido. No porque la oposición necesite proclamar desde ya un nuevo candidato presidencial, sino porque el cambio en la naturaleza de la agenda probablemente hará necesaria una conducción política con capacidad de coordinar estrategias, articular un relato común y sostener argumentos más sofisticados.
Es razonable cuestionar que haya sido el ministro Alvarado quien instalara esa discusión. Pero la idea de que las dificultades para alcanzar acuerdos obedecen a que el Gobierno busca “pasar máquina” no explica el problema de fondo. Sin un cambio en la forma de ejercer el liderazgo, la oposición corre el riesgo de no estar a la altura de la agenda política que viene.
Columna publicada en Ex-Ante