La UDI después de Matthei

La UDI después de Matthei

Dos días después de las primarias oficialistas Matthei ya daba luces de su estrategia. Por una parte, atacar directamente a Kast (ese lunes insinuó que no respeta a las mujeres por ser conservador y ese martes dijo que carece de experiencia ejecutiva). Por otro lado, crecer hacia el mundo de la ex-Concertación.

Si lo primero representa un riesgo de guerra fratricida que el elector podría castigar, lo segundo parece sensato, más allá de que sea difuso que las categorías de los años noventa sean aplicables al Chile de hoy. Si bien sensata, es una decisión que deja en una posición difícil al partido de la candidata y vuelve interesante reflexionar sobre por qué la UDI apoya a Matthei.

Desde una aproximación doctrinaria, siempre ha sido difícil comprender que Matthei sea la candidata de la UDI. Desde una perspectiva pragmática, se ha ido diluyendo la seguridad que existía al momento de su proclamación. Y, mirando el mediano plazo, cabe preguntarse si la UDI está más cerca del Partido Republicano que de Evópoli y Demócratas, y si no tiene más sentido una alianza con el partido de Kast que con quienes se pretenden herederos de Piñera y la Concertación. Analicemos estos tres elementos.

En primer lugar, doctrinariamente, su fundador definía a la UDI como un partido de derecha “a secas”, basado en un “triple perfil”: popular, de inspiración cristiana y promotor de una economía social de mercado.

En cuanto a ser de derecha, en una entrevista de 2020, cuando Cristián Warnken le señala a Matthei que su discurso parece de izquierda ella responde: “sí, lo sé… esa es la forma que siento y he sentido siempre… mis ideales son mucho más de izquierda pero con recetas que funcionen”. Sobre la vocación popular, diversos estudios muestran que mientras Kast domina entre los sectores vulnerables y de ciudades pequeñas, Matthei obtiene mejor resultado en la clase media-alta capitalina. En lo relativo a la inspiración cristiana, mientras Kast ha sido explícito (“primero soy católico, después político”), Matthei ha sido más ambigua (apelando a valores genéricos y usando el término “conservador” peyorativamente). Respecto de la economía social de mercado, ambos enmarcan sus propuestas dentro de esa categoría.

No sorprende, entonces, que cuando Warnken le pregunta por qué está en la UDI, Matthei responda sin anestesia: “podría estar en cualquier lado… podría estar en Evópoli” —no por nada Hernán Larraín Matte describía a la candidata de Chile Vamos como “100% Evópoli”—. En contraposición, Kast es la quintaesencia gremialista: abogado UC y Consejero Superior FEUC, fue cuatro veces diputado por la UDI donde disputó en dos oportunidades la presidencia del partido. Luego, en una suerte de escisión conservadora, fundó el Partido Republicano, cuya directiva, centros de estudios y grupos de acción están encabezados por gremialistas siendo hoy, a riesgo de simplificar injustamente, algo relativamente parecido a la UDI de los años noventa.

En segundo lugar, desde el pragmatismo, los elementos que empujaron la proclamación de Matthei se han debilitado. Hoy, las encuestas la muestran a la baja y a Kast al alza. Él lidera las preferencias espontáneas y se impone en todos los escenarios de segunda vuelta, lo que desvirtúa el argumento del “voto útil”, mantra de los pragmáticos de todos los sectores.

Dicho esto, la UDI debe cumplir su palabra, respaldar a su candidata y trabajar con Chile Vamos para obtener un buen resultado electoral que, sumado al de republicanos, permita un gobierno de unidad que cuente con las mayorías necesarias en el Congreso para retomar el camino al desarrollo. Ahora bien, pasada la elección, el partido debería cuestionar su estrategia de alianzas y definir su lugar en el espectro político chileno.

En tercer término, mirando el mediano plazo, la permanencia en Chile Vamos inexorablemente lleva a la UDI a una mímesis con sus aliados centro-liberales, cuestión similar a la que le ocurrió al Socialismo Democrático con el Frente Amplio y el Partido Comunista. Si la UDI quiere seguir siendo un proyecto parecido al que ideó Guzmán, parece más sensato que deje de mirar a un centro cada vez más inexistente y vuelva a virar a la derecha, y construya con republicanos una alianza —sobre la base de una unidad gremialista— que sea la fuerza de gravitación de un eventual gobierno y empuje la profundidad del cambio que Chile necesita.

Por otro lado, también es razonable que Matthei aproveche el escenario y sus muchos atributos y junto a Chile Vamos, Amarillos y Demócratas busquen crecer en otra dirección, ampliando la base electoral del sector.

La inevitable disputa entre estos dos grupos debe hacerse con sentido de responsabilidad histórica —frente a la amenaza de un gobierno comunista y un país en decadencia—, y con espíritu de unidad —prefigurando una coalición de gobierno amplia que represente a esa mayoría que ayer votó por el Rechazo y que hoy clama por una restauración del orden—.

 


Columna publicada en Ex-Ante