¿Qué pasó con la reactivación educativa?

¿Qué pasó con la reactivación educativa?

En los últimos meses, el Centro de Estudios del Ministerio de Educación ha destacado avances significativos: la tasa de desvinculación escolar alcanzó su mínimo histórico (1,3%) y la asistencia promedio mostró una importante recuperación. Es justo reconocer estos progresos.

Sin embargo, en paralelo, el Plan de Reactivación Educativa ha sufrido un recorte cercano al 28% en los últimos dos años, junto con la reciente eliminación de programas bien evaluados como el Plan Nacional de Tutorías y el programa de Bienestar Docente. La pregunta es inevitable: si los resultados señalados son positivos, ¿por qué recortar? Y más aún: ¿acaso ya superamos los problemas que el plan busca combatir?

Los datos sugieren que no. Aunque la desvinculación bajó a niveles históricos y la asistencia creció, lo que permite más oportunidades para reforzar aprendizajes y reconstruir la convivencia escolar, los desafíos de fondo persisten con fuerza. El Simce continúa mostrando que gran parte de los estudiantes no alcanza los niveles esperados en lectura y matemática.

Las denuncias por convivencia escolar están en su máximo histórico, evidenciando que los equipos escolares están sobrepasados justo cuando más se necesita su fortalecimiento. Y la inasistencia grave sigue siendo crítica en algunas localidades como es el caso de ciertos Servicios Locales de Educación Pública, como el de Valparaíso, donde afecta a más de la mitad de los estudiantes.

Claramente, los problemas que motivaron el Plan de Reactivación -de aprendizaje, convivencia y ausentismo escolar- no han sido superados.

Entonces, ¿por qué recortar iniciativas que respondían a estas necesidades? El Plan Nacional de Tutorías -que fue recomendado favorablemente por Dipres en una evaluación ex ante y contaba inicialmente con un presupuesto de más de 8 mil millones de pesos- se eliminó por completo para el próximo año. Algo inexplicable, considerando que las tutorías tienen sólida evidencia como una de las intervenciones más efectivas para recuperar aprendizajes, especialmente en lectoescritura, donde el rezago tiende a ser acumulativo.

De igual forma, se suprime el programa de Bienestar Docente -con un presupuesto de más de mil millones de pesos- precisamente cuando las condiciones de trabajo en las escuelas son más demandantes. Además, el Fondo para la Reactivación Educativa se recorta a la mitad, reduciendo la capacidad de promover la asistencia y mantener las trayectorias educativas. Mientras tanto, el presupuesto de educación superior crece cuatro veces más que el destinado a la Nueva Educación Pública. Cabe preguntarse: ¿es esta la priorización correcta cuando los desafíos en educación escolar siguen vigentes?

Finalmente, según el informe de Dipres al tercer trimestre de 2025, varios de estos programas mantienen una baja ejecución. El Plan de Tutorías había utilizado solo el 45% de sus recursos, Bienestar Docente el 48%, y el fondo para Mantención y Reparación de Infraestructura Escolar un 0%. Este último dato es particularmente preocupante: uno esperaría que las reparaciones se concentraran antes del año escolar o el invierno, especialmente considerando que las reiteradas suspensiones de clases por lluvias en múltiples establecimientos este año evidencian el costo de no actuar a tiempo.

Esto abre una tercera capa de la paradoja: si los recursos del plan no se están ejecutando adecuadamente, ¿son realmente los responsables de las mejoras reportadas?

Las interrogantes se entrelazan: si efectivamente hay buenos resultados, ¿por qué recortar programas que podrían estar contribuyendo a ellos? Si hay baja ejecución, ¿qué explica esa in-eficiencia? Y fundamentalmente: ¿son realmente tan buenos y suficientes estos avances como para justificar desmantelar el plan? La reactivación educativa requiere sostenibilidad: recursos bien ejecutados, programas evaluados que se mantienen en el tiempo, y coherencia entre el diagnóstico y la acción. El sistema educativo no puede permitirse eliminar lo que funciona mientras los desafíos persisten. Frente a esta pa-radoja, queda la interrogante: ¿qué pasó con la reactivación educativa?


Columna publicada en El Observador