Valparaíso entre el “ecocidio” urbano y la gentrificación de signo contrario
Valparaíso arde, se desmorona, y nadie parece realmente dispuesto a apagar el incendio, o al menos a implementar revertir esta deriva en serio. El reciente siniestro que redujo a escombros al ex-teatro Pacífico, ubicado en pleno barrio Puerto, es apenas un capítulo más en la lenta y dolorosa decadencia de una ciudad que alguna vez fue la “joya del pacífico” (siglo XIX), orgullo patrimonial del país (primeras décadas del siglo XXI), y que hoy apenas logra mantener el reconocimiento que le confirió la Unesco. Décadas atrás, este mismo edificio era centro bullante de actividad cultural; hoy, un montón de muros derruidos y cenizas. No fue el primer incendio en la zona -basta recordar la a esta altura icónica explosión-incendio del Palacio Subercaseaux-, y todo indica que no será el último. La ciudad-puerto está siendo consumida por un abandono estructural que no es solo negligencia: es una forma de violencia urbana.
Desde los cerros hasta el plan, Valparaíso sufre un proceso de “ecocidio” urbano, concepto que ha utilizado el abogado Juan Carlos Manríquez en su cruzada contra la degradación de la ciudad-puerto. El término, que generalmente se reserva para la destrucción de ecosistemas naturales, se aplica aquí al entramado social, arquitectónico y cultural que ha sido sistemáticamente destruido o dejado morir. Los incendios y derrumbes -cada vez más frecuentes- no sólo arrasan viviendas o estructuras históricas; consumen también la memoria y la identidad porteña. Se pierde patrimonio, pero también comunidad.
La destrucción no ocurre por casualidad. Gran parte de los edificios históricos abandonados terminan convertidos en ruinas no sólo por el paso del tiempo, sino por el abandono deliberado o por pura desidia: espacios tomados por okupas, consumidos por el vandalismo, usados como refugio para el tráfico o consumo de drogas, o simplemente dejados a su suerte hasta que colapsan. Esta dejación, finalmente también termina siendo una forma de gentrificación: expulsa a los mismos habitantes de aquellos barrios devastados. Esto explica la baja densidad habitacional en sectores del plan como El Almendral y Barrio Puerto. Si bien es cierto que este término se usa en sentido original para designar la expulsión de los habitantes originales de un determinado barrio debido a la inversión privada, la recuperación de edificios y la llegada de otros comercios, el resultado es el mismo. Se produce una gentrificación, es decir, una expulsión de los vecinos, bajo el signo contrario.
A esto se suma la casi simbólica desaparición de los ascensores, aquellos viejos medios de transporte que eran un puente físico y emocional entre el cerro y el plan. De los 30 que existieron en su apogeo, hoy apenas un puñado sobrevive en funcionamiento. Ejemplos palmarios son el icónico Artillería y el vecino Villaseca, cuya reconstrucción quedó medio terminar. La movilidad vertical, que debería ser un derecho en esta ciudad de laderas, se convierte en un lujo esporádico o en una caminata forzada para miles de porteños.
La situación ha llegado a tal extremo que incluso la Unesco, que declaró Valparaíso Patrimonio de la Humanidad en 2003, ha emitido advertencias frente al deterioro urbano y la negligencia institucional. Sin embargo, su postura ha sido, como reclama Manríquez y no pocas organizaciones civiles del puerto, complaciente. Durante años ha aceptado explicaciones insuficientes y planes que no se implementan, sin exigir un cambio real. Ya no basta con observaciones técnicas: se necesita que la Unesco exija un estándar de gobernanza patrimonial coherente con su propio reconocimiento. Dicho en corto, Valparaíso no puede seguir siendo patrimonio solo en el papel. De lo contrario, lo que quedará será una maqueta fantasmal de lo que alguna vez fue una ciudad viva y rebosante de dinamismo.
Columna publicada en El Libero